En el marco de la convocatoria Palabra 51, estudiantes de los ISFD de la provincia de Buenos Aires escriben una palabra para ampliar el diccionario «Palabras clave para una pedagogía de la memoria». En esta nota, Manuel Calvento, del ISFD 235, propone «Huerta» y reflexiona sobre la historia del centro clandestino de detención que funcionó en Tandil, donde estuvieron detenidos sus padres, y sobre la importancia de transmitir la memoria a las nuevas generaciones.
Redacción - Actualizado 25/10/2026
HUERTA
En el sentido cotidiano del idioma, una huerta es un terreno acotado donde se cultiva la tierra, se cuida el crecimiento de la semilla y se espera con paciencia la cosecha para alimentar a la comunidad.
Sin embargo, los procesos históricos de la Argentina reciente produjeron un desplazamiento semántico traumático en esta palabra. En la provincia de Buenos Aires, y particularmente en la geografía social y política de Tandil, La Huerta dejó de remitir únicamente a la labor agraria para convertirse en la denominación del Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio (CCDTyE) que funcionó bajo la órbita de la Subzona 12 del Ejército Argentino entre 1976 y 1983.
Como estudiante de la carrera de Historia y futuro docente, elijo La Huerta como la palabra clave 51 de este diccionario: una entrada que tensiona la definición botánica tradicional con la densidad simbólica de la memoria social, transformando un espacio que fue símbolo del terrorismo de Estado en una coordenada pedagógica desde la cual interrogar la historia reciente y transmitirla a las nuevas generaciones. Nací en Tandil. Aunque mi trayecto formativo en el Profesorado de Historia y mi trabajo actual me radicaron en Pinamar, mi perspectiva sobre el pasado está atravesada por el territorio tandilense.
Durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983), la represión ilegal en la región de Tandil, Azul y Olavarría operó bajo el mando de la Subzona 12. En ese entramado, el predio rural conocido como “La Huerta” —ubicado en la intersección de la Ruta Provincial 226 y el camino a la Base Aérea— funcionó como un eslabón clave del circuito represivo. Según las actuaciones judiciales del Juicio La Huerta (caratulado ante el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata) y los registros de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP / Nunca Más), por ese predio pasaron decenas de hombres y mujeres secuestrados por sus actividades políticas, sindicales y estudiantiles. En este contexto de persecución sistemática se enmarca la historia de mis padres. Ambos eran militantes peronistas en el Tandil de los años setenta, una experiencia asociativa y política cruzada por las tensiones de la época (estudiadas por investigadores como Daniel Dicósimo y Guadalupe Suasnabar).
En 1976 fueron detenidos e incomunicados en el Cuerpo de Caballería Blindada de Tandil. Diferenciar el dato histórico del testimonio familiar resulta metodológicamente imprescindible. Los documentos oficiales y los fallos judiciales acreditan el funcionamiento del sistema represivo e institucional; el relato oral de mis padres, en cambio, aporta la dimensión afectiva y ética de quienes sobrevivieron a la maquinaria estatal de violencia.
.La transmisión generacional constituye el eje vertebral de este recorrido. Articula lo que recibí como hijo de sobrevivientes, lo que reconstruyo hoy en mi formación como futuro profesor de Historia y lo que transmito a mis hijos, sobrinos y estudiantes. Crecí en los años ochenta observando cómo mis padres transformaban el dolor en participación democrática.
Recuerdo la noche de octubre de 1983: siendo un niño, acompañé a mi familia en la Casa Peronista de Tandil. Al confirmarse el triunfo de la Unión Cívica Radical, mis padres nos llevaron caminando hasta la Casa Radical en la calle Mitre para felicitar a los adversarios y darles la mano. En las Pascuas de 1987 marchamos a la plaza del centro a defender el orden constitucional ante el levantamiento carapintada. A fines de esa década, mi papá ejerció la conducción del Sindicato de Trabajadores Municipales de Tandil, enfrentando la crisis económica desde la organización colectiva.
Más tarde, mi padre ejerció la docencia de Historia durante dos décadas en Pinamar. Que un exdetenido por el terrorismo de Estado se reincorporase a las aulas públicas para enseñar el pasado reciente no fue una mera coincidencia biográfica: representó una práctica activa de reparación y transmisión institucional.
Hoy, al cursar el Profesorado de Historia en el ISFD N.° 235, entiendo que mi elección profesional no es un simple reflejo de la historia de mi padre, sino una reasunción consciente. En el rol de futuro docente, el testimonio familiar deja de ser solo una memoria íntima para convertirse en un problema de enseñanza: ¿cómo transformar la experiencia vivida en objeto de conocimiento histórico? ¿Cómo trabajar en la escuela secundaria con fuentes primarias, legajos, testimonios y fallos judiciales sin caer en la mera enunciación subjetiva? La articulación entre el saber histórico y la memoria afectiva tuvo un punto de inflexión en la Navidad de 2025. Reunidos en las inmediaciones de la Base Aérea de Tandil, decidimos acercarnos en familia a las ruinas del CCDTyE “La Huerta”. Hasta ese momento, mi conocimiento sobre el predio combinaba el relato paterno con la consulta de documentos y bibliografía. Sin embargo, pisar ese suelo junto a mis padres, mis hermanos, mi hijo y mis sobrinos alteró la escala de análisis.
Como analiza Elizabeth Jelin en Los trabajos de la memoria, los lugares de memoria condensan sentidos en disputa y corporizan lo que los libros expresan en conceptos. Ver a mis padres caminar por ese predio a casi cincuenta años de su detención, esta vez erguidos y tomados de la mano de su nieto, no borró la gravedad de los crímenes allí cometidos, pero resituó el lugar del pasado en el presente familiar y comunitario. Para las nuevas generaciones —mis hijos, mis sobrinos y mis futuros alumnos de secundaria— la democracia suele percibirse como un marco dado, una condición natural del paisaje social. La visita a La Huerta operó como un dispositivo pedagógico directo: les permitió confrontar la noción abstracta de "derechos humanos" o "terrorismo de Estado" con un espacio físico concreto en el que sus propios abuelos sufrieron la persecución por sus ideas políticas. La enseñanza de la historia reciente en la escuela secundaria exige evitar tanto el adoctrinamiento como la falsa neutralidad. Abordar el terrorismo de Estado en el aula requiere rigor metodológico: la confrontación de fuentes historiográficas, el análisis del contexto de la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional en América Latina, el examen de los legajos de la CONADEP y la lectura crítica de la prensa de época.
Asimismo, problematizar el pasado implica conectar la violencia estatal con preguntas historiográficas y sociopolíticas más amplias: la participación y la militancia política en los años setenta, las responsabilidades civiles y empresariales en el golpe de Estado, el rol del sindicalismo y las disputas por la reconstrucción democrática desde 1983 en adelante. Reconocer que el Estado argentino utilizó sus recursos para secuestrar, torturar y desaparecer personas no destruye la objetividad del historiador ni del docente; por el contrario, constituye la base documental y jurídica aprobada por la justicia argentina.
El desafío de la formación docente reside en dotar a los estudiantes secundarios de herramientas críticas para que interpreten esas fuentes y comprendan que la convivencia democrática y los derechos ciudadanos fueron conquistas históricas costosas y no concesiones espontáneas. Retomar La Huerta como la palabra clave 51 de este diccionario nos obliga a cerrar el círculo entre el vocablo, la historia reciente y la práctica docente. La palabra no queda clausurada en la definición del campo ni sepultada en el horror del centro clandestino. En el desplazamiento semántico que va de la tierra arada al predio represivo, y de allí al sitio de memoria y reflexión pedagógica, La Huerta se reactiva en el presente.
Como estudiante de Historia y futuro profesor, entiendo que sembrar memoria sobre las ruinas del terror implica enseñar a leer críticamente el pasado para resguardar la vida común. La defensa de la democracia, el derecho a organizarse, la participación política y el respeto por las garantías institucionales no son conceptos teóricos desgajados de la realidad: son el resultado de un recorrido histórico que se renueva en cada aula, en cada generación y en cada palabra que nos negamos a olvidar.
Fuentes y bibliografía consultadas
- Dicosimo, Daniel. La resistencia de Montoneros. Moral revolucionaria y emociones: El caso de la UES Tandil, 1973-1977. IEHS / UNCPBA, Tandil.
- Jelin, Elizabeth. Los trabajos de la memoria. Madrid/Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2002.
- Ricoeur, Paul. La memoria, la historia, el olvido. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000. }
- Suasnabar, María Guadalupe y Pellegrino, Valeria. Memorias de la militancia revolucionaria en Tandil. Las mujeres de la Juventud Peronista. IEHS / UNCPBA, Tandil, 2010.
- Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Nunca Más. Buenos Aires: Eudeba, 1984 (Informe sobre la Subzona 12).
- Secretaría de Derechos Humanos de la Nación / RUVTE. Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado y documentación oficial del CCDTyE “La Huerta” (Ley N.° 26.691).
- Tribunal Oral Federal de Mar del Plata. Cobertura periodística y documental de las audiencias del Juicio La Huerta (Archivo audiovisual de La Retaguardia).
- Prensa de época (Tandil): Coberturas de El Eco de Tandil y Nueva Era (octubre de 1983, Semana Santa de 1987 y conflictos gremiales de 1988-1989).
Manuel Calvento
24.733.780
1° Profesorado Historia
ISFD 235 Pinamar


