Por Sergio Michnowicz
Buenos días a todos. Agradezco a las autoridades la oportunidad que me dan para leerles unas palabras con motivo de la gesta de Malvinas.
Trataré de ser breve, aunque nunca alcanzarán las palabras para destacar a la mujer, a las que estuvieron en la guerra, a las que enseñaron en las islas y a las que hoy con su ejemplo siguen en el camino de malvinizar. A todas ellas mi agradecimiento eterno y mi respeto.
Escribe Roberto Arnaiz, historiador y coronel retirado. Entre 1901 y 1936, varias maestras argentinas fueron comisionadas por el Consejo Nacional de Educación para enseñar en las islas Malvinas. Aquellas mujeres, muchas veces solas, desafiaron el aislamiento, el clima adverso y la indiferencia británica con una convicción inquebrantable: sembrar la patria a través del idioma y la educación.
Una de las primeras fue Rosa Madariaga, nacida en La Plata y egresada de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, institución emblemática del proyecto sarmientino. En 1923, Rosa fue asignada a las islas con una biblioteca ambulante de 45 libros y una radio a batería con la que sintonizaba Radio Nacional, según consta en los registros del Museo del Maestro en CABA.
Rosa vivía en una casa de chapa junto a la bahía, con una sola estufa a kerosén, y daba clases a nueve niños. Sus materias eran geografía, historia argentina, lectura y catecismo. Enseñaba con mapas impresos en Buenos Aires y láminas patrias que pegaba con engrudo sobre las paredes corroídas por el viento marino.
En una carta enviada a su hermana en 1924, Rosa escribió:
"A veces me pregunto si estos chicos sabrán lo que es el Himno Nacional. Yo lo canto igual, sola, aunque no me entiendan. Tengo fe en que la patria un día vendrá por ellos"
Estas cartas, conservadas parcialmente en el archivo privado de la familia Madariaga, constituyen un testimonio íntimo del compromiso y la soledad de aquellas maestras. Rosa y otras colegas, como María del Carmen Ávalos, Herminia Villanueva y Delia Ferreiro, actuaban como embajadoras culturales: enseñaban, curaban, traducían, organizaban actos patrios y enviaban informes al Ministerio de Educación desde aquel confín del mundo.
Estas mujeres del silencio no figuran en los manuales escolares, pero su legado quedó grabado en los informes de inspección, en las cartas familiares y en la memoria de quienes entendieron que enseñar era también un acto de soberanía.
Mas acá en el tiempo, entre 1974 y 1982, en el marco de los acuerdos bajo salvaguarda de soberanía con el Reino Unido, once maestras viajaron desde el continente y se establecieron en Malvinas para enseñar el español, a pedido de los propios malvinenses.
Ellas fueron: las hermanas María Teresa y María Fernanda Cañas; Teresa Volpe, María Alejandra Hills, María Eugenia Grecco, Graciela Tricotti, Lilian García, Nora Prieto; el matrimonio Maurice Mathews y Alicia Zapata. La última que viajó fue María Isabel Hoffmann, que tenía contrato desde el 1° de enero al 31 de diciembre de 1982.
El gobierno argentino se encargaba de los vuelos y pagaba los sueldos, mientras que el gobierno colonial local les daba la casa, combustible y pagaba los servicios.
Las maestras daban clases a los alumnos de primaria y secundaria de la escuela de la ciudad capital, que tenían el español como materia obligatoria.
También daban clases optativas a adultos y por la radio local para los habitantes de áreas rurales. Un hidroavión se encargaba de comunicar los campos entre sí, llevando los distintos materiales de estudio o devolviendo los deberes para que ellas pudieran corregirlos. Las clases de español por radio duraban 45 minutos y se dedicaban a la práctica oral del idioma, además se pasaba música argentina.
Durante su estadía, ellas también se encargaron de enseñar la cultura argentina en la escuela. Gas del Estado, YPF, correo argentino (Encotel) y LADE estaban presentes en las islas.
Las heroínas olvidadas fueron las enfermeras de la guerra, mujeres fundamentales, principalmente de la Fuerza Aérea y la Marina Mercante, que asistieron a cientos de soldados heridos en el Hospital Militar Reubicable de Comodoro Rivadavia y buques, brindando atención médica y contención emocional. Aunque sufrieron invisibilización y silenciamiento durante años, finalmente fueron reconocidas como veteranas de guerra, destacando su labor heroica frente a heridas graves y desnutrición de los soldados.
A pesar de haber prestado servicio, las mujeres relataron la marginación que sufrieron tras la guerra por parte de compañeros y jefes, sumado a las secuelas de la guerra: "Es más fácil hablar de la Guerra de Malvinas que de lo que nos pasó después", expresó la enfermera Silvia Barrera, sobre su experiencia a bordo del Almirante Irizar convertido en hospital. “No solo fue el vacío que nos hicieron, sino que todas sufrimos enfermedades concomitantes con el stress post traumático. Casi todas tenemos cáncer, diabetes e hipertensión. Malvinas se paga".
Malvinas se paga.
Maestras, enfermeras, y ahora deportistas. Porque lo hecho por la atrevida atleta pinamarense Candela Cerrone de ganar la última maratón de Malvinas y ser la pesadilla de cuanto kelper la cruzó y hasta el mismísimo gobernador colonial no le gustó su gesto de recordar a los caídos, marca a las claras que la mujer tiene más valor que muchos hombres a la hora de decidir, hacer y enfrentar todo tipo de situaciones.
Gracias Candela por tu valioso gesto. Muchas gracias.
¡VIVA LA PATRIA!
(Palabras leídas con motivo del Acto Oficial por el Día del Veterano de Guerra y los Caídos en Malvinas, 2 de abril de 2026)