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Pinamar (por Sergio Michnowicz).- Cuando nos conocimos él dirigía algún equipo de las inferiores de San Vicente, el club que junto con sus hermanos García habían fundado a fines de los ‘60. Su amor por el fútbol era tan fuerte que no se cansaba de contar historias, anécdotas y situaciones que nos transportaba a aquellos años tiernos y sacrificados.

Así como entrenaba a los chicos, también atendía su taller de zinguería sobre la calle Del Pejerrey, en pleno corazón del Barrio San José. Un tipo que trabajó toda su vida para los suyos, para que nada les faltara. Y sus recreos breves eran estar con los pibes jugando a la pelota, o comerse un asadito en el club, allá arriba donde los veteranos del Sanvi se acovachaban para compartir cuentos, chistes, recuerdos.


El Pipi, como lo conocíamos todos, amaba mucho Pinamar y sus historias. A tal punto que un día me propuso contar en mi programa de radio por Estación Marina los orígenes de cada uno de los deportes del pueblo, sus personajes destacados, y las miles de anécdotas que había en cada uno de ellos. Llevaba consigo una valijita, con cientos de recortes, fotografías, textos escritos a mano y a máquina. Su sueño era poder escribir un libro sobre el deporte pinamarense.


Recuerdo una vez que hablamos sobre reeditar las famosas Olimpíadas, aquellas que su hermano Taty impulsó en los años 70 y que movilizaba a clubes de la región y otras ciudades más lejanas. Aquello que tantas satisfacciones trajo a la comunidad, quería repetirlas. Claro, no estaban sus hermanos y para organizarlas solo, se le hacía difícil.


San Vicente, el club de sus amores, había llegado a lo más alto en el año 1997 representando a la Liga Madariaguense de Futbol en el Torneo Argentino B quedando como uno de los 16 mejores equipos del país. Y Pipi viajó a todas las ciudades donde el Sanvi dijo presente: Mar del Plata, Bahía Blanca, Necochea, Comodoro Rivadavia, Neuquén… Recuerdo haber viajado con la delegación a varias de esas ciudades y divertirnos mucho con las bromas que nos hacíamos entre todos.


Neuquén merece un capítulo aparte. San Vicente jugaba la última fecha con Independiente de esa ciudad para cumplir. Ya en la fecha anterior habían quedado eliminados, pero como despedida de aquella gloriosa campaña había que disfrutarla. ¿De qué forma? Jugando al futbol.


Dirigentes del club neuquino nos invitaron a un partido contra los veteranos de Independiente. Y no nos pudimos negar. Armamos un 11 donde nadie se salvó. El Pipi en el medio, yo de tres, el chileno Víctor Méndez de 4, Rubén García arriba, Marito Ferreira a la punta… hasta jugaron el Gringo Giamberardino que iba como acompañante, y el Flaco Apesteguía que era el DT de la Primera. El resultado fue un 10 a 0 a favor del local. Algo previsible.


Y también visitamos la fábrica de Sidra La Victoria, en Cipoletti, donde uno de sus primos trabajaba y vivía con su señora y sus hijos allí. Una rica historia familiar que tuve el privilegio de conocer.


Inquieto como él solo, un día me llama para decirme que había encontrado en el predio donde estuvo alguna vez la iglesia de Ostende, un tanque de agua que pertenecía a la vivienda del cura. Fuimos hasta ahí, metiéndonos entre las ramas de álamos y acacias, para encontrar un cubo de cemento, muy antiguo. ¿Sería éste el último rastro de la iglesia enterrada? Vaya uno a saber…


Para un aniversario del club San Vicente, hicimos una nota en la esquina de Valle Fértil y Del Lenguado, donde aún hay dos enormes eucaliptos. “Este lugar tiene historia, porque acá nos cambiábamos para jugar los partidos en la cancha que había acá atrás…” recordaba. Si hasta soñaba con ponerle un cartelito como reseña histórica.


Para el Mundial de Rusia 2018 se me ocurrió juntarlo a él, descendiente de franceses y gallina de la Banda, con Pedro Marinovic, un hijo de croatas y enfermo hincha de Racing. Una nota de color donde Francia y Croacia jugarían la final. La excusa perfecta para que ambos se pusieran a recordar aquellos tiempos de Pinamar en donde jugar a la pelota era lo máximo (y lo único) que había para los pibes. Los viajes en camioneta a Madariaga, los partidos picantes, los vecinos que la rompían en cada encuentro… Y la apuesta que nunca pudo cumplirse: el que perdía la final del mundo, debía pagar un asado. “Si lo ves a Pedro decile que está en deuda” me decía.


Así de divertido era Pipi. Incluso cuando vinieron de visita desde Francia unos parientes lejanos que conoció en uno de esos viajes junto a Roxana…


Ella era la escritora Roxana La Penna, quien sería por 21 años su compañera de vida. Y fue ella quien lo animó a escribir, a expresar sus sentimientos, sus recuerdos, sus historias. Y conoció el mundo, viajando y presentando sus libros como “El otro Edén” donde narra historias de su querido Pinamar. Tuve el honor de presentarlo en la Biblioteca Manuel Belgrano, junto con su segundo trabajo “Cuestión de Fe”, ambos con una aceptación increíble de la gente.


Dije que viajó por el mundo.


Es que a Pipi le había entrado el gustito de las maratones. Y cada vez que había alguna en la zona, él decía presente. Con Roxana de acompañante, pudo correr en México, Miami, Europa…


El tipo era feliz. Muy feliz.


Pero un día, su compañera de ruta se adelantó y Pipi la extraño muchísimo. A modo de homenaje, en octubre del año pasado presentó “Y un día me lo conto”, una selección de textos que Roxana tenía guardados y quiso así que todos conocieran su obra póstuma.


“Roxana fue quien me introdujo en la literatura” me dijo aquella vez. “Yo tenía un poco de historias de Pinamar que podía ser algo importante para la vida de aquí a través de la literatura. Entonces escribí dos libros que me dieron muy buenos resultados en cuanto a la difusión, que hablaban de la historia de la fundación de las poblaciones de Pinamar y de sus pioneros. Con el tiempo tuve invitaciones en casi todas las provincias para que fuera a dar charlas de Pinamar, fui invitado a la Embajada de Miami, a la Embajada de Turquía, ahora en octubre tengo que ir a Cuba y después a México para hablar solamente de Pinamar. Y todo esto no hubiese ocurrido si ella no se hubiese dado cuenta de que yo estaba capacitado para poder escribir estas historias. A través de lo que ella descubrió en mí, yo puedo difundir la vida, la historia de Pinamar en diferentes lugares.”


Hace unos meses, me enteré que Pipi no estaba bien de salud. Esa maldita enfermedad lo había tomado desprevenido y la venía peleado a capa y espada. Sin embargo, este martes 26 de agosto me enteré que había partido en silencio, en paz.


Se llamaba Miguel Ángel Granier. El Pipi. El zinguero del Barrio San José. El amante del deporte. El escritor de las cosas nuestras.


Seguro que ya estarás con Roxana, poniéndote al día, escribiendo historias entre las nubes y pizarras celestes. Quizá también el Barba te dé permiso para jugar algún picadito con tus hermanos, los amigos y veteranos, para que los querubines vean cómo se juega a la pelota sin maldad.


Hasta el reencuentro Miguel Angel.


27/08/2025


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