A nadie le divierten los insultos ni las gastadas. Al dolor por haber perdido el Mundial se sumó el estupor de ver una oleada de publicaciones, memes y notas periodísticas que marcaban que habían ganado “los buenos” en relación a que Argentina, sin negros en su equipo de fútbol, era “el país más racista del mundo” (así lo dijo el actor estadounidense Samuel L. Jackson). Es decir, un país como España, con quinientos años de colonialismo encima, fuertes conflictos entre los regionalismos y donde hay quienes rechazan a la selección nacional de fútbol por la ascendencia marroquí de Lamine Yamal, fue considerado el país bueno frente a la malvada y excluyente Argentina, un país latinoamericano, ubicado en el fin del mundo, en donde la educación y la salud son gratuitas para todos.
Ahora bien, la reacción fue tan desmedida como los argumentos esgrimidos en contra del país. “Somos buenos y no somos racistas” fue en líneas generales lo que se esbozó desde estos lares, con mayor y menor vehemencia. El mismo país que se jacta de la viveza criolla y el aguante puso el grito en el cielo cuando se vio atacado. El mismo país que compartió en redes, banderas y stickers la frase “Inglaterra la concha de tu madre” de pronto apareció como el corderito indefenso que no entendía lo que estaba pasando. Un gran país, sin dudas, gente cálida y amiguera, claro que sí, pero ¿en qué momento pasamos a auto percibirnos impolutos? La teoría de que el equipo de Messi había sido beneficiado durante el torneo se venía abonando desde el partido contra Cabo Verde; lo mismo hicimos cuando perdimos, sospechamos que la mafia FIFA se había inclinado hacia el otro lado. ¿Por qué dolió tanto aparecer como los malos de la película?
La cuestión del racismo es, por fuera de lo debatible o no que sea el aspecto futbolístico y las innumerables teorías conspirativas, lo más rico que nos ha dejado este debate que, admitámoslo, pertenece más al algoritmo que a los problemas de la calle. La ensalada de opiniones que son Tik tok, Instagram y X siempre tiende a generalizar pero lo mismo se hizo desde las respuestas llanas: Argentina no es un país racista, es inclusivo, la inmigración fue parte fundante de su identidad y a los negros no los consideramos negros si no, por supuesto, argentinos. El sinsentido de esas afirmaciones hizo que radios y programas televisivos se llenaran de pronto de argentinos afrodescendientes hablando de lo integrados que se sentían, otra forma de invisibilizar el racismo que efectivamente está arraigado en el territorio nacional que no discrimina –únicamente- a una población muy minoritaria si no que excluye constante e históricamente a nuestros negros, al mestizaje, a la tez morena con rasgos originarios, a aquellos que no se condicen con el ideal europeo al que tanto aspiramos. Los cabecitas negras, el “negro de alma”, el “negro de mierda”, nuestro lenguaje cotidiano está plagado de racismo explícito y es cierto, no puede venir a señalarnos el país del Ku Klux Klan así como tampoco podemos negar lo obvio, la sectorización étnica que prima en nuestro país, la poca representación institucional de la “Argentina marrón”.
En el libro “Vivir en un barrio cerrado” (siglo veintiuno, 2025) el autor Ricardo Greene analiza la creación y posterior crecimiento de Nordelta haciendo un paralelismo con la campaña del desierto. En ambos casos se barrió con la población local con el argumento de que allí no había nada, sólo modos de vida bárbaros, nada prósperos, no coincidentes con el ideal civilizatorio. El conurbano pobre que habitaba la zona de Nordelta hoy continúa poblando sus alrededores. La diferencia entre pertenecer o no es económica, cultural y es también –dificilmente sea casualidad- de color de piel. Basta con ver, dicho de la manera más cruda, de qué color son los niños que estudian en escuelas bilingües y de qué color son los niños de los colegios de barrio. No alcanza con enumerar excepciones, si no somos capaces de ver lo obvio vamos a seguir gritando que Argentina no es racista con una pretensión de igualdad que es, en última instancia, privilegio de los que mandan: los blancos de las élites pudientes, las mismas élites de todos los países latinoamericanos, sea Argentina o Brasil con su casi 60% de población afrodescendiente.
Quizás lo más impactante del hate a nivel internacional fue de dónde provino. Acostumbrados a los discursos de odio de la ultra derecha fue difícil aceptar, para el progresismo local, que esta vez el golpe venía del economista griego Yanis Varoufakis, la cantante española Rosalía, la ya mencionada Patti Smith, entre otros. ¿Cayeron en una trampa? ¿Piensan eso? ¿Fue orquestado? Nos tocó ser el objetivo de la campaña de odio, y no nos gustó nada. Quizás sea una buena oportunidad para preguntarnos si nosotros, “los buenos”, no reproducimos discursos de odio en el ánimo de defender banderas inclusivas sabiendo poco y nada de los países que acusamos, como cuando Occidente celebró con bombos y platillos las primaveras árabes sin importar si un Presidente, como fue el caso de Gadafi, era asesinado y posteriormente exhibido en la cámara de frío de un mercado.
Merece un párrafo aparte el nivel de intolerancia que se promovió desde los mismos sectores que dicen abrazar las diferencias. El orgullo nacional, la defensa de nuestros valores e historia, dista mucho de no poder soportar las contradicciones, la desinformación o las gastadas futboleras en las que Argentina es experta. ¿Cómo es que Rosalía, española y fanática de su Selección, pasó a ser la enemiga número uno de nuestro país? ¿Necesitamos que nuestros ídolos piensen, digan y hagan exactamente lo que queremos? ¿Cuán infantil y egocéntrica es nuestra postura frente a aquello que nos molesta? Quizás sean los algoritmos o la IA que nos da la razón en todo. Si las diferencias “de este lado” de la grieta mundial están completamente anuladas, si es condición sine qua non para continuar conversando que nos pidan perdón, quedará sólo para la extrema derecha el privilegio de hablar con soltura, diciendo barbaridades y dándose palmaditas de apoyo.
Triste es que hablemos de Rosalía cuando el Mundial nos dejó la mejor foto: la bandera de Malvinas. Si es tan fácil que perdamos el foco, ¿cómo vamos a hacer para defender nuestra soberanía?