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El rock como todo llanto
08/06/2026

(Por Sol Mircovich) Ojalá encontrara la palabra justa para este sentimiento, pero es tan triste esta vez que no puedo hablar.

Claro que sabíamos que en algún momento iba a pasar, el Diego nos enseñó que hasta los dioses mueren, pero no nos detuvimos nunca a prepararnos para atravesarlo. Quizá así sea mejor, más genuino: el pueblo en la calle, recitando sus poemas hechos canción, que logran interpelar a todos los estratos de la sociedad. Porque el Indio era eso. Era el ser argentino, con todas sus contradicciones y fortalezas, con sus luchas y sus privilegios, con la conciencia social extendida y entendida.


No fue un artista más. Fue el creador de una nueva fe, un hombre que unía a la Argentina, al empresario y al adicto, al funcionario y al emprendedor, al militante y al dichoso. Uno dijo por ahí: “Hacía bailar al filósofo y leer al preso”.


En su caso, no se puede separar al autor de la obra. Él era la mímesis, la estructura fallida y rota que nos representa a todos. Incitaba al goce, pero también al deseo. Escribió las canciones de amor más delicadas, amor de la calle, el que crece entre el romanticismo y la lucha, el que alguna vez sentimos y tanto nos lastimó. Sabía transmitir ese dolor, esa nostalgia, esa melancolía de lo que ya no es. Y nos mostró, con su tono provocador y con destreza, el poder, la miseria humana, la locura y la esperanza.


Nos regaló los momentos más inolvidables que tuvimos la suerte de vivir. Verlo en el escenario era el verdadero éxtasis, era la confirmación de que se puede ser feliz.


Quedan sus canciones, sus entrevistas, sus pensamientos acerca de tantas cosas, su amor por Evita, la expectativa de volverlo a ver que surgía de manera inconfesable en cada recital de los Fundamentalistas, su “solo me falta saber la fecha y el lugar” que, ahora, para siempre, recordaremos con espasmos.


Se fue el hombre que le dio la bienvenida a la muerte, que asumió su realidad con valor, que acompañó en el último tiempo desde donde pudo, el que nos definió y nos dio identidad; se fue una parte de la patria, pero quedamos todos sus creyentes, para continuar su legado, para compartir sus letras, para abrazarnos en el dolor y para reunirnos nuevamente como lo que somos: un pueblo valiente, fuerte y sentimental.


Más de una generación estuvo acompañada por su voz, gran ídolo que restituía compañías, que flotaba inasible en cada esquina, en cada pueblo, en cada ciudad, atrapado en su libertad.


El lujo es vulgaridad, afirmaba, pero lujo era tenerlo entre nosotros, que fuera argentino y de los nuestros, de los que sabían que el arte es el que mejor comprende y sintetiza épocas y sentires.


Nunca habrá metáforas suficientes para explicar el día gris que pronosticó su ida.


Confiemos en que ganó la batalla, el triunfo está en no haber sido nunca un cobarde, en haber sido fiel a sus ideales, en que ya lo extrañemos y salgamos a la vereda en comunidad, juntos, sintiendo el dolor intenso de lo imprevisto de lo repentino, mientras él mira crecer las flores desde abajo.


Confesaba: “No sé si no me gusta más que el rock, nunca la vi llorar”, y a la vez: “El rock como todo llanto”.


Lo lloramos, los que nunca lloramos lo lloramos. No podremos alejarnos de su seducción y su dulce voz.


Seguiremos hablando con sus palabras, nos reconoceremos en cada mirada porque, desde hoy, no serán las mismas. Algo se rompió para siempre, tendremos ideas cada vez menos atrevidas.


Gracias por habernos constituido.


 


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