16 de junio - Kansas City (Estados Unidos)
Un inicio descompuesto
La desenfrenada ingesta de carne crocante de cerdo con salsa barbacoa le provocó a Matías una descompostura de tal envergadura que no pudo levantarse de la cama el día del ansiado debut de la selección nacional. Por esa trágica e intempestiva razón, a Roberto no le quedó otra que afrontar el primer capítulo de la aventura mundialista sin su compañero de viaje, lo que lo dejó al borde de un ataque de pánico. Sintió unas ganas irrefrenables de volverse a Madariaga ese mismo día, pero su madre lo convenció de que no debía abandonar la travesía ante la primera piedra que aparecía en su camino. “¡Los Manríquez no somos así, Roberto!”, le remarcó en varias oportunidades en una de sus habituales videollamadas matutinas.
—Anoche te dije que tenías que parar un poco, no has hecho otra cosa que comer carne de cerdo y pollo frito desde que llegamos. Ahora qué hago solo yo, me querés decir. ¡Qué hago!
Desde la cama, en posición fetal, Matías abrió lentamente los ojos e hizo ingentes esfuerzos para responder.
—No te preocupes Rober, vas a poder ir. Yo no doy más, hermano.
—No puedo creer que nos esté pasando esto.
—No hay mal que por bien no venga, dice mi vieja…
—Ah, eso me deja más tranquilo
—Y no te olvides que tenes que nos comprometimos a hacer la cobertura para Radio Tuyu y El Mensajero.
—¡Encima eso!
Pero todas no fueron malas noticias para Roberto. Gracias a la inesperada colaboración de Josué, un hondureño que se hospeda en el mismo hostel, supo qué autobús tenía que tomar para llegar al Kansas Estadio, escenario del cotejo inicial de la albiceleste, y hasta le pagó el pasaje a través de una aplicación que él desconocía por completo. Tuvo la suerte, además, que su ocasional compañero iba también a ver el partido de Argentina.
Durante el trayecto, Josué le contó que años atrás fue un reconocido ex futbolista del Club Olimpia Deportivo de su país, pero que una lesión en los ligamentos de su rodilla le había cortado la carrera a los 22 años. “Yo era bueno en serio. De chico me decían el ‘Maradona hondureño’ y hasta hice inferiores con el ‘Balín’ Bennett”. Le reveló además que era fanático de Lionel Messi y por eso había hecho hasta lo imposible por presenciar el Mundial. Tal es así que había vendido su auto para costear los gastos de la aventura.
—El tren pasa sólo una vez en la vida, mi amigo.
—Cómo tarda este colectivo —comentó Roberto, ajeno a todo lo que le había contado Josué.
—Tranquilo papi, estamos bien de tiempo, y ya que estamos antes de entrar al estadio nos comemos unos pollos fritos super sabrosos.
—Gracias, pero por las dudas me traje unas manzanas, con eso aguanto.
Después del incidente de Matías, Roberto se juró no volver a probar la carne de cerdo con barbacoa y el pollo frito. “Yo sabía que esto no iba a terminar bien”, se repitió varias veces durante el viaje, mientras su compañero hondureño hilaba una palabra tras otra.
La hora de la primera batalla
La prohibición de fumar dentro de los estadios, hizo que la previa del partido a Roberto se le hiciera eterna. Mientras su compañero hondureño hacía buenas migas con un grupo de coreanos que lucían orgullosamente la camiseta argentina y hablaban un perfecto castellano, se dedicó a repasar una y otra vez los apuntes de Angélica y Gerardo para pasar el tiempo. Lo llamativo fue que cuando dieron la formación de Argelia por la pantalla del estadio, se sorprendió al ver que Ryan Mahrez, que había sido marcado como figura del rival por la madre de Matías, se encontraba entre los suplentes. La poca confianza que traía consigo Roberto para cubrir el partido se desvaneció con ese simple y anodino dato. ¿Quiénes son los demás?, se preguntó desorientado.
El despliegue de las banderas de ambos países, a diez minutos de empezar el cotejo, lo puso en clima y lo sacó de sus preocupaciones. Desde una de las cabeceras ubicada detrás de uno de los arcos, ocupado en primer lugar por el arquero argelino, miró anonadado para los cuatros costados por varios minutos, nunca había presenciado un espectáculo de semejante envergadura. Lo más parecido habían sido las clásicas jornadas de doma de la Fiesta Nacional del Gaucho a las que asistía todos los años. Recién volvió en sí cuando a los cuatro minutos de partido, la exquisita definición de Messi fue a parar a la red. Pero, claro, su grito de gol y su abrazo con un desconocido fueron en vano, porque el árbitro anuló inmediatamente la acción. Sin embargo, la jugada le sirvió para notar la floja respuesta del enmascarado guardameta rival, hijo del prócer francés Zinedine Zidane, dato que Roberto desconocía y fue revelado por uno de los coreanos. Fue lo primero que anotó en su libreta, como un modo de presagiar el futuro: “No se puede atajar con una máscara”.
Para lo que no estaba preparado era para ver al número diez rival, Farès Chaïbi, entrar por el costado derecho de la defensa argentina y estampar el primer gol de Argelia. Sintió, en ese momento, que le faltaba el aire y se le paralizaba el corazón. Respiro hondo un par de veces para recobrar el aire. “Lo último que me falta es transformarme en yeta”, fue lo primero que pensó. Pero el offside sancionado por el árbitro lo llenó de alivio, y, nueve minutos después, el furibundo zapatazo de Lionel Messi desde afuera del área, le provocó un fervor inédito en él. Gritó el gol con todas sus fuerzas, al tiempo que sentenció, una vez más, inflando el pecho por su predicción: “el punto débil es el arquero”.
El tibio pero persistente dominio del rival que vino después lo volvió a poner nervioso. La nueva aproximación de Chaïbi y la llegada Hicham Boudaoui, que llevaron algo de peligro al arco defendido por el Dibu Martínez encendieron las alertas de Roberto y concluyó que lo mejor que podía pasar es que termine el primer tiempo. Ni el impreciso tiro de Thiago Almada que se fue por arriba del travesaño lo conformó. “Es hora de descansar un poco y renovar energías”, reflexionó.
Durante el entretiempo, se limitó a repasar sus escasas anotaciones y no interactuó con nadie. De pronto, le dieron muchas ganas de fumar otra vez, pero se entretuvo comiendo unos caramelos y mirando cómo Josué ya era uno más en el grupo de los coreanos, y les relataba sus peripecias en su frustrada carrera de futbolista.
La segunda parte comenzó como había terminado la primera, con insinuaciones de los argelinos. Algo que lo inquietaba porque la diferencia en el marcador seguía siendo escasa para el seleccionado nacional. Sin embargo, el plato fuerte de la fiesta no tardaría en llegar. Existieron un par de avisos antes: un tiro de Messi por arriba del travesaño y una asistencia del Diez para Lautaro Martínez, que prolongó la misma suerte esquiva del mundial pasado. Detalle que Roberto anotó en su libreta. “Lautaro sigue flojo, tiene que entrar Julián Álvarez”, se animó a decirle a uno de los coreanos.
Lo que vino después, certificó su primera observación: el remate de Alexis MacAllister encontró un rebote deficiente del enmascarado arquero y Messi sacó a relucir su olfato goleador con una definición propia de su categoría. “Yo lo dije, yo lo dije”, vociferó Roberto orgulloso, y empezó a creer en ese instante en sus virtudes como analista de fútbol. Y cuando el viento sopla a favor, las buenas noticias fluyen. El tercer gol, a quince minutos del final, fue sin dudas la frutilla del postre. Preso de la algarabía, Roberto aceptó la invitación de Josué y le dio un par de tragos largos a una vaso de cerveza. “Somos candidatos, somos candidatos”, dijo después de unos minutos, envalentonado por los efectos del alcohol en sangre.
El pitido final del árbitro lo encontró ya con dos vasos de cerveza encima y abrazado a Josué y a un par de coreanos, al tiempo que gritaba: “Messi, Messi, Messi”. Trató de recomponerse porque tenía que grabar el video con sus conclusiones acerca del partido para el Mensajero y para Radio Tuyú, tal como le había prometido Matías a Gerardo. Pudo hacerlo gracias a la ayuda de Josué y sus amigos coreanos que lo filmaron y lo apuntalaron, porque después del segundo gol no había anotado nada en su libreta. Pero nada importa demasiado en una noche de victoría mundialista y Roberto no se privó de repetir su presagio, lo que para él había sido la clave de la primera victoria albiceleste en tierras yankis: “Más allá de las fabulosas virtudes de nuestro líder y emblema, Lionel Messi, y de todo el equipo que otra vez estuvo a la altura del acontecimiento, un arquero enmascarado nunca es un rival digno”, sentenció.
Cuando llegó al hostel junto a Josué, se sorprendió al ver a Matías junto a otros compatriotas en el hall de entrada, agitando con una mano una camiseta argentina, y con la otra un vaso de cerveza.
—¿No estabas mal, vos?
—Un poco mejor estoy. Imposible no recuperarse, Rober, con esta alegría. Y en un rato salimos a festejar.
—Pero nada de pollo frito y carne de cerdo.
—Tranqui, Rober, tranqui. Voy a estar pleno para la parada del próximo lunes en Dallas.
Mientras esperaba a que Matías libere el baño para poder ducharse, Roberto por fin pudo fumarse un cigarrillo y mirar el cielo nocturno apostado en el balcón. Cuando daba la última pitada, se levantó una leve brisa que le trajo un pensamiento que lo incomodó en un principio: había probado alcohol después de más de veinte años. “Esta selección lo vale”, se convenció.