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Bodega Gamboa impulsa en Madariaga el primer encuentro de vinos con influencia oceánica
13/02/2026

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Verano. Tarde de Febrero. El termómetro marca 30 grados. Salimos del casco urbano de General Madariaga y, a apenas 5 kilómetros, un cartel azul con letras blancas indica: “Bodega Gamboa” y una flecha hacia la izquierda. En frente, el barrio Kennedy. Cruzamos la Ruta 74, km 24, y el asfalto queda atrás. El camino de tierra nos adentra en campo abierto. Naturaleza pura. Nos encontramos a 15 minutos de Pinamar y a 25 minutos de Cariló.


A pocos metros aparecen las hileras prolijas de vides. El predio tiene 35 hectáreas, de las cuales 7 ya están cultivadas. El sol cae vertical. Los trabajadores avanzan entre las plantas con sombreros anchos, protegiéndose del calor. Hay movimiento, preparación, expectativa. El próximo domingo 15 de febrero, de 19 a 23 horas, este lugar será escenario de la Primera Feria de Vinos Oceánicos en Argentina.


Nos recibe Diego Ávalos, gastronómico, encargado de Bodega Gamboa Costa Atlántica. Habla con pasión. Con memoria. Con identidad.


Por María Gabriela González


“La salinidad en suspenso”


Diego es costeño. Nació en San Bernardo. Segunda y tercera generación de un pueblo que conoció cuando las calles eran médanos y había perdices y liebres camino a la escuela. Vivió en Capital, estudió, se formó, trabajó. Pero en 2021 volvió.


“Me entró otra vez esa salinidad en suspenso, esa bruma del mar”, dice. Esa misma bruma que en invierno baja antes del atardecer y no se va hasta el día siguiente. Esa garúa salina que impregna el aire y, según explica, también la vid.


Esa es la clave: la influencia oceánica.


Desde la Patagonia hasta San Blas existen zonas con esta característica, pero aquí, en Madariaga, el suelo revela una historia geológica particular. Conchillas, caracoles, antiguos fondos marinos que emergieron tras el desplazamiento tectónico que dio forma a la Cordillera de los Andes.


“Sacás una palada y aparece un caracol”, cuenta. Esa mineralidad, esa salinidad extrema, nutre la planta y define un perfil distinto al de Cuyo. No mejor ni peor: diferente.


El concepto de KM 0: trazabilidad y frescura real


Para Diego, el KM 0 no es una etiqueta: es una filosofía.


A tres minutos de la bodega está Alicia, productora de verduras de estación. Como ella, hay más de 30 productores locales: hortalizas, cerdos, agropecuarios, pesca artesanal. Si necesitan un cordero, puede faenarse de un día para el otro. Si hay pesca, depende del clima y de los vientos; trabajan con pescadores de anzuelo de Ostende y Valeria del Mar.


La idea es simple y radical:
Cosechar hoy lo que se va a usar hoy.


Reducir traslados. Evitar animales deshidratados por viajes de 48 horas. Disminuir la huella de carbono. Implementar separación de residuos —para la feria contarán con la planta de reciclaje de Pinamar— y proyectar certificaciones orgánicas y estandarizaciones.


“Cuando cosechás, empieza la descomposición. La agilidad es clave. Eso es KM 0”, resume.


Viñedos jóvenes, identidad en construcción


Actualmente hay entre 7 y 10 hectáreas implantadas con distintos varietales. Las plantas tienen entre 2 y 4 años. El equilibrio natural suele lograrse entre los 4 y 7.


El enólogo mendocino Sebastián Visoles y su equipo técnico trabajan en ese diálogo entre planta y entorno. Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon y Merlot aparecen como grandes apuestas. Habrá vinos jóvenes y otros con potencial de guarda de hasta 20 años.


El proceso es clásico: fermentación en acero inoxidable, paso por barricas de roble francés y americano, descanso y decisión técnica según cada partida.


Por ahora, las botellas —entre $30.000 y $55.000— se comercializan únicamente en bodega. Canal on premise. Producción limitada. Experiencia directa.


Más que vino: experiencia


El evento del domingo reunirá a unas 350 personas. La entrada (50 mil pesos) incluye degustación libre de vinos. Habrá empanadas, sándwich de cordero KM 0, opciones vegetarianas y sin TACC.


Pero la propuesta va más allá de una feria.


De jueves a domingo se realizan visitas guiadas con degustación. Desde las 18 horas, el picnic entre vides: canasta, copas, vinos, agua y el atardecer de Madariaga como telón de fondo. Silencio. Pájaros. Campo abierto.


A futuro, el proyecto incluye cabañas, hotel y un master plan de hospitalidad integral.


¿Por qué ahora vinos en Buenos Aires?


Durante décadas, los vinos se producían en Cuyo y se envasaban en Capital. Con la legislación de denominación y envasado en origen, la industria se reordenó. Pero la vitivinicultura no es exclusiva de Mendoza. En Europa, desde Roma hasta Puglia, conviven vides, cítricos y olivos.


“En cualquier lugar se puede hacer vino. Lo que cambia son las condiciones”, explica Diego.


Aquí la diferencia está en el clima, la bruma marina, la mineralidad del suelo y la cercanía al océano (25-30 km). Un sistema de ósmosis abastece las 35 hectáreas, respondiendo a las características geológicas del subsuelo atlántico.


Mercado y nuevas generaciones


El consumo cambia. Menos graduación alcohólica. Más conciencia. Más experiencias que productos.


Diego lo resume así:
“No queremos alejarnos del plato real. Podés hacer cocina molecular, pero todos queremos un buen risotto, una empanada, un cordero jugoso.”


“La gastronomía acompañará al vino, no al revés”, concluye Diego Avalos.


 


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