06/05/2015 - COMUNIDAD
Aprendiendo bajo la Cruz del Sur. Orgullo de Pinamar

De la mano de un grupo de voluntarios que buscan mejorar la calidad de vida de las comunidades, mejorar el acceso a la comunicación con nuevas tecnologías, y elevar el aprendizaje tanto en docentes como alumnos, la fundación que preside Claudia Gómez Costa el un ejemplo digno de destacar.


Pinamar (c).- El diario La Nación titula "Una conexión satelital y filtros purificadores, las armas de una ONG que lucha contra la exclusión". Palabras sencillas y directas que el periodista Darío Palavecino utiliza para describir su experiencia en el Paraje Techat II, en pleno Impenetrable chaqueño, acompañando a los voluntarios de la Fundación "Aprendiendo bajo la Crtuz del Sur" que preside la Lic. Claudia Gómez Costa, la docente pinamarense que desde más de una dpecada se propuso llevar las nuevas tecnologías a las escuelas más alejadas y un poco de ayudar para mejorar la calidad de vida de las comunidades postergadas. Detalles "A Nélida se le caen las lágrimas. Mira la placa colocada en el frente del edificio, la acaricia con los dedos ajados por el sol y con esfuerzo le escapa por unos segundos a la timidez que es lugar común por aquí para pedir que le cuenten qué dice en ese rectángulo de mármol. "En reconocimiento al hermano Robustiano Moreira", escucha y se quiebra. "Era mi papá", susurra acongojada esta madre de dos niños que con más de 30 años todavía no sabe leer ni escribir, como tantos otros algo menores o bastante mayores que ella. Ese pequeño pero prolijo Anexo 1074 por el que tanto bregó su padre se inauguró hace ocho meses como propuesta educativa para los hijos de familias wichis que viven en este paraje. Y hace dos semanas se convirtió en la primera escuela rural y de difícil acceso en El Impenetrable que tiene servicio de Internet gratuito y capacitación pedagógica a distancia para esta comunidad aborigen. Empapados por la lluvia que disfrutan tanto como las visitas, descalzos en su mayoría y con las piernas untadas a la carrera por ese barro chirle y arcilloso que durante todo el fin de semana domina la escena y ninguno de ellos atina a esquivar, una docena de chicos se arremolina en torno a la notebook que les permite por primera vez navegar por la Web desde el extremo sudeste de esta inmensa reserva verde. Es donde wichis y qom se reparten territorios, enfrentan costumbres y, por sobre todo, comparten las condiciones de pobreza más extremas. El pueblo más cercano es Miraflores, a 15 km. Aquí, en pleno bosque, las carencias están a la orden del día. La inexistencia de agua potable está al tope, con sus graves consecuencias sanitarias, en particular para los más chicos. La falta o mala calidad de la comida es una realidad cotidiana; los servicios de salud están lejos en distancia y frecuencia, y disponen de tierras, pero no de título de propiedad. Sobrellevan además el olvido y la postergación a manos de la clase dirigente. Los carteles de candidatos se acaban donde empieza el camino que lleva a tierra wichi. Lo reflejan en el intento de tramitar el documento de identidad. Pocos turnos por día ya son una limitación. La otra, comenta alguno de los adultos que vivió la experiencia, es que se prioriza a los "criollos". "Pasan primero los que llevan lentes o cartera", distinguen sobre algo tan básico, pero que sienten indicador de clara diferencia social con los habitantes del pueblo. Asomarse a la Web "¡Navegando con Wi-Fi!", celebra Claudia Gómez Costa, presidenta de la Fundación Aprendiendo bajo la Cruz del Sur, una vez que después de varias horas de trabajo y ya de noche el ingeniero Juan Santoiani logra instalar la antena cedida en comodato por Servicio Satelital SA, que también costea el servicio de Internet. No fue fácil encontrar la esperada conexión en medio de la tormenta, pero se logró. Con la misma metodología, esta ONG de Pinamar, a fuerza de voluntarios y donaciones particulares, ya acercó computadoras y conexión de banda ancha gratuita a 120 escuelas rurales de rincones alejados o aislados de todo el país. "Me preguntan por qué traer Internet a un lugar donde los chicos no tienen o no usan zapatillas y en muchos casos viven bajo unas lonas, y yo pregunto: ¿por qué no?", desafía esta licenciada en Educación y especialista en tecnologías de la información que está convencida de que la inclusión social y el desarrollo humano implican igualdad de oportunidades. "A eso vinimos, a que ellos también puedan tener acceso", dice a LA NACIÓN. Y los chicos lo disfrutan. Porque apenas se enciende la computadora portátil que les queda como donación le hacen frente al teclado en busca de respuestas en la Red. "Ratón, amá", traducen pronto a su lengua cuando Gómez Costa menciona el nombre de la herramienta para deslizar el cursor sobre la pantalla. "No les estamos presentando un monstruo; estos niños son despiertos, ven y aprenden rápido", afirma Juan Carlos Román, uno de los nueve docentes que se reparten entre la base y el anexo de la Escuela de Educación Pública (EEP) N° 1074. "Va a ser una muy buena herramienta para trabajar en el aula", anticipa la directora, Marisa Beatriz Romero. La expectativa es que Internet sea una herramienta de aprendizaje, de acceso al mundo y, a la vez, de canal para que compartan sus valores culturales con otras comunidades. Esta pequeña sede escolar cuenta con aula y uno de los pocos baños que se pueden encontrar en varios kilómetros a la redonda. La otra opción es la intimidad del bosque. Es que las viviendas se limitan a garantizar un techo más o menos formal. Los ladrillos son excepción; las chapas dan cierta protección, y las carpas armadas con troncos y algunas ramas, lonas o cueros, abundan a medida que el recorrido se aleja de la urbanidad más próxima. "Se hace mucha diferencia con los criollos, que a veces tienen vivienda y comercio, y el gobierno les da más casas", advierte Héctor Alegre, un qom que cruzó la calle para formar pareja con una wichi y se gana la vida en Miraflores como albañil. El cacique Gregorio Quintana calcula que hay 150 familias wichis en Techat II y unas 1200 entre los parajes de los alrededores. Al Anexo van a clases unos 50 o 60 chicos. Y cuando quieren. "A algunos los padres no los dejan venir", reconocen los docentes en referencia a los adultos que prefieren una crianza que mantenga intacta su cultura. Ni siquiera los convence que haya un auxiliar docente aborigen, que enseña en lengua castellana y wichi. La escuela, que ahora sueña con ampliarse con jardín de infantes y secundario, también oficia como comedor. A partir de una donación, en el Anexo se pasó del fogón a una habitación con cocina a leña. Una comida garantizada y otra que a veces hay que salir a buscar o completar. La gomera que varios llevan al cuello es mucho más que un entretenimiento. Con buena puntería puede nutrir la parrilla o la olla nocturna con alguna paloma de buen tamaño. El drama del agua La comida puede variar, pero lo que se toma no cambia demasiado. El agua es bien turbia y se le separan los insectos al pasarla por una tela. Cuesta acostumbrarse a recoger la de lluvia. Algunos la hierven. Otros, y aun acumulada por días, la beben sin mayor cuidado. Un miembro de la ONG no olvida su asombro cuando vio que de la misma lata bebían un perro, luego un cerdo y por último un niño de corta edad. "Hay mucha bacteria presente que provoca diarreas y detrás de eso vienen la desnutrición y otras consecuencias peores", remarca el pediatra Alejandro Besteiro, esposo de Gómez Costa y cofundador de Aprendiendo bajo la Cruz del Sur. En este viaje volvió a traer más filtros portátiles que consiguió a partir de donaciones. Valen 50 dólares, son importados, de uso sencillo, eliminan bacterias y transforman al instante el agua marrón de la cisterna del Anexo en un líquido tan cristalino como el que sale de cualquier canilla de ciudad. Recuerda que en otro viaje ya entregaron estos equipos a familias numerosas y en riesgo. "Uno hace el esfuerzo, pero cuando están solos son ellos los que deciden si lo usan o no", explica sobre una necesidad adicional en esta comunidad: tener cerca referentes que les bajen y remarquen información fundamental para mejorar su calidad de vida. Un papel que, en el Anexo de la escuela, cumplen los docentes y Víctor, también wichi y encargado del edificio escolar. "Tener esta agua limpita y sana es una bendición", asegura mientras filtra y reparte entre los chicos. El dolor por el entorno es tan grande como El Impenetrable, pero alegra a Gómez Costa esta pequeña luz de esperanza entre tanta oscuridad que guarda este bosque. Hizo más de 1800 kilómetros en camioneta, pero le llenó el alma ver escribir sus primeras palabras a chicos que hace un año había conocido analfabetos. El esfuerzo, siente, vale la pena."

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