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De la pelota y la humanidad
16/06/2026

Colaboración: Guadalupe Reboredo.- Cada vez que arranca un Mundial recuerdo a Zinedine Zidane. Admito que en el 2006 no sabía quién era y que tampoco, siendo que Argentina quedó eliminada en cuartos, seguí demasiado los partidos. De todas maneras, porque así opera el imán mundialista, vi la final Italia – Francia y, como todos, quedé sorprendida por el cabezazo impensado del jugador estrella de los franceses.

Pasaron veinte años y nos seguimos preguntando cómo un deportista de semejante nivel, sumamente elegante, que ya había jugado una Copa del Mundo, en medio de un partido que estaba siendo televisado en más de 200 países, decidió darse vuelta y arremeter con movimientos de toro contra Marco Materazzi, dándole un cabezazo en el pecho que lo volteó en la cancha. El capitán de la selección de Francia fue expulsado. Italia ganó la copa.

¿Qué se hace cuando un deportista deja totalmente a un lado las reglas de juego, el comportamiento ejemplar, la sana competencia? Públicamente se le reprocha la falta de autocontrol. Si los juegos olímpicos remplazaban la guerra, es un desastre entonces que una persona formateada durante años para aguantar presiones tenga una actitud belicosa ante un adversario, un reflejo triste de la violencia cotidiana. Pero en nuestro fuero interno, en la intimidad del sentir humano o al menos puedo hablar por mí, el cabezazo de Zidane trajo un soplo de aire a la rigidez del deporte de alto nivel donde todo pareciera estar cronometrado. Enseguida circuló la versión confirmada por Materazzi: había estado insultando a su madre y a su hermana durante todo el partido, el capitán francés no aguantó más y así, sin cálculo alguno más que la distancia hasta su rival, le dio el golpe que quedaría en la historia.

Zidane podría haber quedado en el ostracismo del repudio generalizado. ¿Le valió a Francia la Copa del Mundo la expulsión de su número uno? ¿Fue la reacción más irresponsable de la historia de los Mundiales? Adidas, sponsor de Zidane, superó ampliamente a Puma que sponsoreaba a Italia gracias a la repetición incesante del cabezazo. Los botines Predator, característicos del jugador, este año vuelven a salir conmemorando los treinta años de relación entre la marca y el astro galo. Materazzi, por su parte, firmó con Nike para hacer una campaña en relación al ataque de su contrincante. La situación, a todas luces repudiable para el espíritu deportivo, generó simpatía en quienes vimos en ese gesto que no importa cuánto dinero haya detrás de cada partido, cuánta tecnología al servicio de los cuerpos, cuántos psicólogos estén tratando de esterilizar la mente de los jugadores siempre hay algo que no se puede controlar.

Es una relación contradictoria la que tenemos con nuestros ídolos. Por un lado, el Mundial de fútbol, se trate o no de nuestra propia selección, nos absorbe por un rato de nuestra realidad inmediata porque preferimos entrar en la burbuja de la excelencia deportiva y la épica de los gladiadores intocables, con vidas tan disímiles a las nuestras que nos es más fácil adorarlos que envidiarlos. Sin embargo, aunque cierta lejanía nos resulte indispensable, es cuando aparece un ápice de vulnerabilidad que la admiración se torna en empatía fraterna. De Zidane se dijo, también, que habían insultado su ascendencia argelina. El combo defensa de su familia más defensa de su Patria le da un halo épico a su inexplicable impulso, más teniendo en cuenta que su hijo Luca Zidane, nacido en Francia, decidió jugar para la selección de Argelia.

No es un apología de la violencia, es reconocimiento de que Messi vende cuando muestra a su familia perfecta pero enamora cuando tira un simple “qué mirás, bobo” y de pronto aparece un costado desconocido que refleja que hasta al más robótico de los deportista se le puede hervir la sangre en medio de un juego.

Al final, la humanidad nos convoca. La pelota corriendo es una excusa para desatar pasiones, escapar un rato del ensimismamiento y demostrarnos que aunque el negocio mande el espíritu de fondo puede ser el del potrero.


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